martes, 1 de marzo de 2016

El Rey Thánder - Versión 2.



En los principios existía la magia. No la misma que creemos conocer. El sistema económico, político y social dependía de ella; era el primer poder. La mayoría de las clases sociales eran de la más alta categoría, aquellas que habían transitado por una excelente educación y gozaban una gran reputación. Añoraban la dedicación y el respeto. No existían conflictos sociales, desconocían la pobreza, el racismo, el abandono. Todo pueblo que nacía se mantenía desde el primer día al objetivo del crecimiento y el éxito.
Eran épocas de gran resplandor, de sociedades dedicadas a la profesión, al estudio, a la pasión de convertirse en un símbolo para las siguientes generaciones. El legado era cada vez más profundo, productivo y poderoso. El objetivo era el de llegar a crear una civilización perfecta y un mundo apto para cualquier ser vivo; en el que todos pudieran acceder a la magia.
Tal así era la ciudad de Cánnor. Un monumento al éxito de la civilización presente. Adornada de poder y magia hasta en los más profundos cimientos. Poseía cientos de gigantescas estatuas que representaban a eruditos dedicados a dar el ejemplo, aquellos que brindaron toda su vida al crecimiento constante, a la solidaridad. Económicamente se ubicada en el punto estratégico de las principales rutas comerciales. Si algún político se mostraba de carácter convincente, capacitado y altamente confiable, sin lugar a dudas provenía de Cánnor. No existía juez que diera un mal juicio. Civilmente poseía las clases sociales más destacadas. Sí, se podría decir que eran los dueños del mundo.
Thánder, un hombre alto de cabellos largos y negros, de un carácter, una voluntad y una firmeza tan grande que lo llevaron a convertirse en rey. Altamente capacitado para manejar asuntos de la naturaleza y la tecnología. Se casó con una bella mujer, tan alta como él y de melena dorada: Kalina, la reina. Su carisma fulguraba al pueblo, y junto a él formaban la pareja más amada y preciosa... porque así se los denominó: "la pareja amada". Fue el eminente grado de cariño y confianza entre ambos que los llevó al éxito, el mismo compartía la ciudad. Algunos afirmaban que el amor de los reyes mantenía la tierra de Cánnor. Fueron los años más luminosos, de entera hermosura, de satisfacciones y deseos cumplidos, de triunfos seguros y pura felicidad.
Kalina quedó encinta y traería al mundo el heredero de Cánnor. Primer hijo de los reyes. Y he aquí donde intervino "el Consejo".
No era un grupo burócrata de miembros de la realeza, sino que aconsejaban al mundo. Habían sido enviados por el Universo. Se personificaban y se hacían llamar así mismos: Vida, Muerte, Mal, Bien, Destino, Tiempo, Amor, y Odio. Aseguraban que el heredero sería aquel que convertiría alegrías en tristezas; y no solo ese niño que naciera sino todos los futuros hijos de los reyes. Según el Consejo, ambos estaban condenados a vivir solos.
La palabra debía cumplirse. El nacimiento del mundo se debía al Consejo, y sus mandatos eran la religión.
Sin embargo el hombre, envuelto de amor, progreso, lujuria, ambición y éxito. Dio media vuelta, dándole la espalda a los tronos en donde se hallaba el Consejo.
— Thánder — dijo la Vida. Su voz en la sala significaba un mal presagio. El rey quedó quieto a espaldas de aquellos seres, una energía poderosa lo detenía. — Quién traigas a la vida desde el vientre de tu hembra, morirá antes de ver el mundo.
Él, con su ceño fruncido y sin decir una sola palabra siguió su camino.
Entonces, los ocho seres decidieron matar al bebé en su nacimiento. Así, Kalina sostuvo en brazos a su hijo... muerto.
Pasaron dos años, en los cuáles un frío comenzaba a cubrir Cánnor. Se conocía por primera vez al invierno. Thánder volvió a ignorar la advertencia y su dama nuevamente embarazó. Entonces, a los nueve meses, el Consejo optó en no solo matar al heredero sino también quitar la vida de la reina, para que nunca más Thánder volviera a desobedecer.
Lloró con tanta angustia el hombre de Cánnor que el sufrimiento le devoraba la existencia; se encorvaba en el piso de dolor, se bañaba en sus propias lágrimas. Lo invadía la tristeza a tal punto que vomitaba sangre por los rincones. La saliva le corría en la boca. A gritos de muerte golpeaba el piso con su puño hasta quebrarse los dedos. 
Su guardia personal de seis magos, denominada "La Orden Medélion", observaba inmóvil el sufrimiento de su rey.
Maldecía las reglas, la perfección, a todas las razas existentes. Señalaba al aire, como si el Consejo estuviera allí. Su rostro odioso, irreconocible... de no sentir una imagen entre el amor, la obediencia, la maldad... el descontrol golpeaba a sus puertas.
Por tanto, el Rey perdió a su familia. Hechos que lo llevaron a iniciar la primer guerra del mundo.
Durante veinte inviernos, Thánder ordenó e inauguró la forja de armas y escudos para un numeroso ejército, cuyo objetivo sería el de destruir al Consejo. Descubrió y enseñó ataques violentos con la magia. Juró que con sus propias manos y armas arrasaría el poder de los ochos seres sin importarle que tan superiores fueran. 
Sus lacayos ya estaban preparados, y desde el palco del palacio, el rey habló a sus fuerzas con palabras nunca antes escuchadas.
— ¡El Amor subestimó a mi corazón, uno a uno caerán! ¡Juntos, y con nuestra voluntad, superaremos su potestad!
Tanta inteligencia desperdiciada, era infantil el enfrentarse a seres tan superiores, pero el odio de Thánder era incontrolable y emanaba por todo su porte. Su manipulación era tan fuerte que sus hombres le obedecían ciegamente.
Entonces, juntó a ochocientos mil guerreros. Diez mil para cada integrante del Consejo. Pero no eran pueblerinos abrazados a palos de madera y palas. Era un grupo que se había entrenado durante veinte años, capacitándose en estrategias grupales e individuales, expertos al ataque cuerpo a cuerpo y a distancia. Y todos ellos poseían alguna habilidad especial en la magia. Delante galopaba el rey Thánder en su corcel azul. Alrededor lo acompañaba la Orden Medélion.
Partieron hacia "El Valle de las Penas", donde allí moraba la Muerte y sería la primera en caer según el rey. "Belich" se llamó el ejército de Thánder, mismo nombre que pensó en ponerle a su primer hijo. Fue la primera tropa en la historia. Constituida de arqueros, espadachines, luchadores y jinetes. Los escoltas alzaban los estandartes con el símbolo de Cánnor: una corona negra de tres puntas largas y afiladas. 
Llegaron así bajo la noche al baluarte de la Muerte: un cráneo gigantesco de piedra, espantoso por donde se lo mire. En su inmensa boca se hallaban las puertas de entrada.
— ¡Abre las puertas, Hechicera, en nombre del rey de Cánnor! — aulló Thánder con furia.
Sin respuesta, un numeroso grupo alzó sus brazos y comenzaron a derribar las rocas de la entrada. Luego, doscientos mil guerreros ingresaron junto al rey y los seis Medélions. El resto esperaba afuera. Cuando los pasos sonaban como tambores, delante de ellos, una sombra se levantó de un aposento y tomó forma. Una joven alta y delgada, de pelo lacio y largo hasta el suelo, de piel blanca como la nieve. Avistó al ejército con sus brillosos ojos negros, los cuáles se infundían en su penetrante mirada. Vestía ropas oscuras y ajustadas marcando su atractivo cuerpo, sutilmente era rodeado por almas de fallecidos. Era hermosa pero no dejaba de ser la Muerte. Bajó los escalones de su trono y a medida que caminaba hacia el rey, por detrás, los hombres salían despedidos y caían al piso fallecidos.
— ¡Hasta que diste la cara, Hechicera! — expuso Thánder, y la Muerte, en unos metros hasta llegar a su frente ya había matado con solo su caminata a cientos de combatientes.
— Tus actos no tienen sentido rey de Cánnor, vuelve y llévate a tu gente. Soy la dueña de sus almas, en un solo pestañeo puedo enviarlos a mi recamara — reclamó ella con una voz lenta.
— Nunca más, ningún miembro del Consejo me dirá lo que tengo que hacer — contestó Thánder y atacó a la Muerte, ésta blandió su emblemático sable corvo.
Al instante, la Orden Medélion creó un gigantesco portal sobre el trono de la Muerte. Solo ellos conocían semejante poder. Transportaron allí otra parte del ejército que se balanceaba corriendo hacia el enemigo, y esta vez protegidos por un hechizo temporal contra la maldición del enemigo.
— Has excedido de tu confianza, joven — le dijo Thánder — La propia Parca tendrá que llevarse su alma.
— Hazlo — habló ella — y sin mí verás que todos serán eternos, entonces los seres vivientes se convertirán en plaga. 
Con un grito ensordecedor, antes de que el ejército del rey impactara sobre ella, convocó a una colosal compañía de guerreros esqueletos; aquellos que en vida habían obtenido la máxima reputación y gloria en palabras. Conjuraron contra Belich iniciando la primera masacre de antaño.
Un estruendo surgió en las alturas y del alto techo una luz oscura se desplazó hasta tierra, el Mal había llegado.
Thánder se cubrió de los escombros y fue empujado por un viento contra una ancha columna.
— El rey de Cánnor ha perdido el juicio al querer destruir el Consejo — dijo el Mal con una voz ronca y apagada. Era un hombre robusto, su rostro estaba cubierto con una sombra y también vestía de negro. ¿Crees que no habíamos previsto este incidente? No solo asesinaste a tu familia, sino también a tus hombres.
— ¡Yo no asesiné a mi familia! — gritó Thánder.
— ¡A tus hombres! — Interrumpió el Mal. — ¡Quienes creyeron ciegamente en ti!
Thánder se incorporó y observó un instante a ambos seres; cuando quiso atacar, el Mal lo detuvo con la palma de su mano. 
— ¿Y si se equivocaron? — preguntó el rey con desprecio. — ¿Si hubiera sido feliz, con mis hijos, con mi esposa? ¿Con mi gente?
— El dolor irreparable de tu corazón — le dijo la Muerte.
Los Medélions fueron expulsados violentamente del baluarte, sin chances de poder defenderse.
Entonces el Mal levitó al rey y lo envolvió en sombras que entraron en su cuerpo y le darían una larga vida, dolor sin fin, angustia incansable. Llorando con lágrimas de sangre, Thánder, antes de salir de la fortaleza sintió nuevamente el perfume de la Muerte, era como una mezcla de sangre y alma que recién abandona su cuerpo. Vio que el resto de sus hombres yacían despedazados sobre la tierra, ninguno estaba completo de cuerpo; y un río de sangre cruzaba a sus pies. Alzó la vista y vio flotando a su Orden Medélion, desnudos y envueltos con sus propias tripas.
Luego de divisar semejante masacre. Gritó al sombrío y tormentoso cielo el nombre de su amor: Kalina.
Abandonó el territorio y se exilió en "El Paso de la Niebla", sobre cavernas oscuras, solitarias y frías. A medida que la sazón pasaba, fue convirtiéndose en un ser de puro odio, de un dolor terrible, y le pesaba un corazón roto y oscuro. 
Él mismo comenzó con el desequilibrio; aprovechó el poder de las sombras que el Mal le había inculcado para mantenerlo vivo y se transmutó en un "Caballero Negro", "el Rey de la Sombra". Irónico regalo de la Vida. 
Creó bestias y razas malditas. El tiempo seguía su curso y a través de éstas creaciones, las cuales tomaron sus rumbos, dieron lugar a otros seres: dragones, demonios, criaturas espantosas. El Consejo separó estos dominios y las llamaban: "El Poder de la Luz" y "El Poder de la Sombra".
Pasaron novecientos años, donde las fuerzas de lo creado habían iniciado su eterna guerra por el equilibro... la Luz y la Sombra.


1 comentario:

  1. Excelente como escribes !!! Espero más de esta historia.

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