martes, 20 de noviembre de 2012

El Rey Thánder - Versión 1.

E

n los principios existía la magia. No la misma que creemos conocer ahora, el sistema económico, político y social dependía de ella; era el primer poder. La mayoría de las clases sociales eran de la más alta categoría, aquellas que habían pasado por una excelente educación y gozaban una gran reputación. Añoraban la dedicación y el respeto. No existían conflictos sociales, desconocían la pobreza, el racismo, el abandono. Todo pueblo que nacía se mantenía desde el primer día al objetivo del crecimiento y el éxito. No perdían el tiempo con contrariedades, a menos que tuvieran un sentido de mejora masiva.

Eran épocas de gran resplandor, de sociedades dedicadas a la profesión, al estudio, a la pasión de convertirse en un símbolo para las siguientes generaciones. El legado era cada vez más profundo, productivo y poderoso. El llegar a crear una civilización perfecta y un mundo apto para cualquier ser vivo; y que todos pudieran acceder a la magia.

Tal así era la ciudad de Cánnor. Un monumento al éxito de la civilización presente. Adornada hasta en los más profundos cimientos de poder, de magia. Poseía cientos estatuas de más de cincuenta metros, representaban eruditos dedicados a dar el ejemplo, aquellos que brindaron toda su vida al crecimiento constante, a la solidaridad. Económicamente se ubicada en el punto estratégico de las principales rutas comerciales del planeta. Si algún político se mostraba de carácter convincente, capacitado y altamente confiable, sin lugar a dudas provenía de Cánnor. No existía juez que diera un mal juicio. Civilmente poseía las clases sociales más sobresalientes. Sí, se podría decir que eran los dueños del mundo.

Thánder, un hombre alto de cabellos largos y negros, de un carácter, una voluntad y una firmeza tan grande que lo llevaron a convertirse en rey. Altamente capacitado para manejar asuntos de la naturaleza y la tecnología. Se casó con una bella mujer, tan alta como él y de melena dorada: Kalina, la reina. Su carisma fulguraba a su pueblo, y junto a él formaban la pareja más amada y preciosa… porque así se los denominó: “la pareja amada”. Fue el eminente grado de cariño y confianza entre ambos que los llevó al éxito… un éxito que también compartía la ciudad. Algunos afirmaban que el amor de los reyes mantenía la tierra de Cánnor. Fueron los años más luminosos, de entera hermosura, de satisfacciones y deseos cumplidos, de triunfos seguros y pura felicidad.

Kalina quedó encinta y traería al mundo el heredero de Cánnor. Primer hijo de los reyes. Y he aquí donde intervino “el Consejo”.
No era un grupo burócrata de miembros de la realeza, sino que aconsejaban al mundo. Habían sido enviados por el Universo. Se personificaban y se hacían llamar así mismos: Vida, Muerte, Mal, Bien, Destino, Tiempo, Amor, y Odio. Aseguraban que el heredero sería aquel que convertiría alegrías en tristezas; y no solo ese niño que naciera sino todos los futuros hijos de los reyes. Según el Consejo, ambos estaban condenados a vivir solos, de lo contrario un descendiente traería el desequilibrio.

Cualquier opinión contradictoria emitida de cualquier raza era descartada por aquellos seres. La palabra debía cumplirse. El nacimiento del mundo se debía al Consejo, y sus mandatos eran la religión.

Sin embargo el hombre, envuelto de amor, progreso, lujuria, ambición y éxito. Dio media vuelta, dándole la espalda a los tronos en donde se hallaba el Consejo.

     Thánder, dijo la Vida. Su voz en la sala significaba un mal presagio.
El rey se quedó quieto, como que una energía poderosa lo detenía. Aunque seguía a espaldas de aquellos seres.

     Thánder, volvió a decir la Vida. — A quién traigas a la vida desde el vientre de tu hembra, morirá antes de ver el mundo real —.

Él, con su ceño fruncido, atravesó aquella fuerza y siguió su camino.

Entonces los ocho seres decidieron matar al bebé en su nacimiento. Así, Kalina sostuvo en brazos a su hijo… muerto.

Pasaron dos años, en los cuáles un frío comenzaba a cubrir Cánnor. Se conocía por primera vez al invierno. Thánder volvió a ignorar la advertencia y su dama nuevamente embarazó. Entonces, a los nueve meses, el Consejo optó en no solo matar al heredero sino también quitar la vida de la reina, para que nunca más Thánder volviera a desobedecer.

Lloró con tanta angustia el hombre de Cánnor que el sufrimiento le devoraba la existencia; se encorvaba en el piso de dolor, se bañaba en sus propias lágrimas. Lo invadía la tristeza a tal punto que vomitaba sangre por los rincones. La baba le corría a través de sus túnicas. A gritos de muerte golpeaba el piso con su puño hasta quebrarse los dedos.
Su guardia personal, denominada “La Orden Medèlion”, conformada por cinco magos, observaba inmóvil el sufrimiento de su rey.
Maldecía las reglas, la perfección, a todas las razas existentes. Señalaba al aire, como si el Consejo estuviera allí. Su rostro odioso, irreconocible… de no sentir una imagen entre el amor, la obediencia, la maldad… el descontrol.

Por tanto, el Rey perdió a su familia. Hechos que lo llevaron a iniciar la primer guerra de antaño.

Durante veinte inviernos, Thánder ordenó e inauguró la forja de armas y escudos para un numeroso ejército, cuyo objetivo sería el de destruir al Consejo. Enseñó ataques violentos con la magia. Juró que con sus propias manos y armas arrasaría el poder de los ochos seres sin importarle que tan superiores fueran.
Sus lacayos ya estaban preparados, y desde el palco del palacio, el rey habló a sus fuerzas con palabras nunca antes escuchadas.

     ¡El Amor subestimó a mi corazón, uno a uno caerán! ¡Y tal vez no tengamos tanta potestad como ellos, pero tenemos voluntad! —.

Tanta inteligencia desperdiciada, era infantil el enfrentarse a seres tan superiores, pero el odio de Thánder era incontrolable y emanaba por todo su porte. Su manipulación era tan fuerte que sus hombres le obedecían ciegamente.

Entonces, juntó a un millón seiscientos mil guerreros. Doscientos mil para cada integrante del Consejo. Pero no eran pueblerinos abrazados a palos de madera y palas. Era un grupo altamente entrenado y capacitado en estrategias grupales e individuales, expertos al ataque cuerpo a cuerpo y a distancia. Y todos ellos poseían alguna habilidad especial en la magia.
Delante ellos galopaba el rey Thánder en su corcel azul. Alrededor lo acompañaba la Orden Medèlion.

Partieron hacia “El Valle de las Penas”, donde allí moraba la Muerte y sería la primera en caer según el rey. “Belich” se llamó el ejército de Thánder, mismo nombre que le pondría a su primer hijo. Fue la primera tropa en la historia… constituida de arqueros, espadachines, luchadores y jinetes. Los escoltas alzaban los estandartes con el símbolo de Cánnor: una corona negra de tres largas puntas afiladas.
Llegaron así bajo la noche al baluarte de la Muerte: un cráneo gigantesco de piedra, espantoso por donde se lo mire. En su inmensa boca se hallaban las puertas de entrada.

     ¡Abre las puertas, Hechicera, en nombre del rey de Cánnor! — aulló Thánder con furia.

Sin respuesta, un numeroso grupo alzó sus brazos y comenzaron a derribar las rocas de la entrada. Luego, doscientos mil guerreros ingresaron junto al rey y los Medèlions. El resto esperaba afuera. Cuando los pasos sonaban como tambores, delante de ellos, una sombra se levantó de un aposento y tomó forma. Una joven alta y delgada, de pelo lacio y largo hasta el suelo, de piel blanca como la nieve. Avistó al ejército con sus brillosos ojos negros, los cuáles se infundían en su penetrante mirada. Vestía ropas oscuras y ajustadas marcando su atractivo cuerpo, sutilmente era rodeado por las almas de los fallecidos. Era hermosa pero no dejaba de ser la Muerte. Bajó los escalones de su trono y a medida que caminaba hacia el rey, por detrás, los hombres salían despedidos y caían al piso fallecidos.

     ¡Hasta que diste la cara, Hechicera! — expuso Thánder, y la Muerte, en unos metros hasta llegar a su frente ya había matado con solo su caminata a cientos de combatientes.

     Tus actos no tienen sentido rey de Cánnor, vuelve y llévate a tu gente. Soy la dueña de sus almas, en un solo pestañeo puedo enviarlos a mi recamara — reclamó ella con una voz lenta y casi manipulable.

     Nunca más, ningún miembro del Consejo me dirá lo que tengo que hacer — contestó Thánder y atacó a la Muerte, ésta blandió su emblemático sable corvo.

Al instante, la Orden Medèlion creó un gigantesco portal sobre el trono de la Muerte. Solo ellos conocían semejante poder. Transportaron allí otra parte del ejército que se balanceaba corriendo hacia el enemigo, y esta vez protegidos por un hechizo temporal contra la maldición del enemigo.

     Has excedido de tu confianza, joven — le replicòThánder — La propia Parca tendrá que llevarse su alma —.

     Hazlo — habló ella — y sin mí verás que todos serán eternos, entonces los seres vivientes se convertirán en plaga —.

Con un grito ensordecedor, antes de que el ejército del rey impactara sobre ella, convocó a una colosal compañía de guerreros esqueletos; aquellos que en vida habían obtenido la máxima reputación y gloria en palabras. Conjuraron contra Belich iniciando la primera masacre de antaño.

Un estruendo surgió en las alturas y del alto techo una luz oscura se desplazó hasta tierra, el Mal había llegado.

Thánder se cubrió de los escombros y fue empujado por un viento contra una ancha columna.

     El rey de Cánnor ha perdido el juicio al querer destruir el Consejo — dijo el Mal con una voz ronca y apagada. Era un hombre robusto, su rostro estaba cubierto con una sombra y también vestía de negro. — ¿Crees que no habíamos previsto este incidente? No solo asesinaste a tu familia, sino también a tus hombres —.

     ¡Yo no asesiné a mi familia! — gritó Thánder

     ¡A tus hombres! — Interrumpió el Mal. — ¡Que creyeron ciegamente en ti! —.

Thánder se incorporó y observó un instante a ambos seres; cuando quiso atacar, el Mal lo detuvo con la palma de su mano.

     ¿Y si se equivocaron? — preguntó el rey con desprecio. — ¿Si hubiera sido feliz, con mis hijos, con mi esposa? ¿Con mi gente? —.

     El dolor irreparable de tu corazón — le dijo la Muerte.

Los Medèlions fueron expulsados violentamente del baluarte, sin chances de poder defenderse.

Entonces el Mal levitó al rey y lo envolvió en sombras que entraron en su cuerpo y le darían una larga vida, dolor sin fin, angustia incansable. Llorando con lágrimas de sangre, Thánder, antes de salir de la fortaleza sintió nuevamente el perfume de la Muerte, era como una mezcla de alma que recién abandona su cuerpo y sangre. Vio que el resto de sus hombres yacían despedazados sobre la tierra, ninguno estaba completo de cuerpo; y un río de sangre cruzaba a sus pies.
Gritó al sombrío y tormentoso cielo el nombre de su amor: Kalina.

Abandonó el territorio y se exilió en “El Paso de la Niebla”, sobre cavernas oscuras, solitarias y frías. A medida que la sazón pasaba, fue convirtiéndose en un ser de puro odio, de un dolor terrible, y le pesaba un corazón roto y oscuro.

Él mismo comenzó con el desequilibrio; aprovechó el poder de las sombras que el Mal le había inculcado para mantenerlo vivo y se transmutó en un “Caballero Negro”, “el Rey de la Sombra”. Irónico regalo de la Vida.
Creó bestias, razas malditas… el tiempo seguía su curso y a través de éstas creaciones, las cuales tomaron sus rumbos, dieron lugar a otros seres: dragones, demonios, criaturas espantosas. El Consejo separó las fuerzas y las llamaban: “El Poder de la Luz” y “El Poder de la Sombra”.


Pasaron novecientos años, donde las fuerzas de lo creado habían iniciado su eterna guerra por el equilibro… la Luz y la Sombra.




8 comentarios:

  1. Excelente!!! Lo acabo de encontrar en una carpeta.
    Muy bien escrito!!!

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  2. Excelente, muy original fiel a tu estilo
    J.P

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  3. buena narrativa y buena temática, excelente escrito,

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  4. no se mucho de esto pero a mi me gusto bastante

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