jueves, 12 de julio de 2012

El Rey y la Luna

S
u fúnebre crespón ya no podía resguardarlo del eterno invierno; en ocasiones conjuraba un hechizo de fuego para aunque sea calentar sus manos. Cada noche debilitaba su poder. Se había dado cuenta que sin corazón dejaría de existir.
Esa noche llovía, acurrucado en su Trono observaba los relámpagos rojos y azules. Las almas, que sutilmente lo acompañaban sin molestarlo, habían cerrado sus ojos y se disponían a descansar. El Caballero Negro, Hijo de la Noche, pudo al fin estar solo. Desde que la Estrella se fue, los espíritus lo vigilaban para que no cometiera alguna locura. Quizás ellos cerraron sus ojos pensando que su Rey había acostumbrado a “esperar”; o tal vez lo hicieron por cansancio y así lo dejarían en total libertad. Aquel Rey, que a pesar de todo, era vigilado para no ejecutar su propia desgracia.

Aprovechó a llorar sin que nadie lo viera. Ocultaba sus llantos, fue el momento más triste para él, porque afirmó que su Estrella lo había engañado, robándole el corazón.

Las nubes se evaporaron con rapidez y sobre la húmeda tierra, la Luna emanaba su luz.

¿Por qué lloras? — preguntó ella.

El Rey de la Sombra escuchó la voz en su mente y contestó: — Tú sabes —.

La Luna disminuyó su luz de plata diciendo: — No soy la misma de antes. Me convirtieron en piedra hace mucho tiempo, y mi alma quedó atrapada aquí en los cielos. Desde un principio lo observo, y siempre me ignora. Por favor, hoy deseo hablarle —. El rey la miró con sus ojos negros, se sentía abatido, sin embargo la escuchaba. — Libéreme de éste hechizo. Ya ha pasado mucho tiempo desde el Fin de los Días… tanto ha cambiado, mi Señor, dejé de ser una Sombra, puedo ser una gran Luz, puedo cuidarlo, sacarlo —.

Por primera vez la deseó, y la liberó de aquella prisión en los cielos. La Luna llegó sobre tierra aminorando su luz para no incomodarlo.
Era la misma que antes, alta, hermosa, pálida y de frente alta. Sus cabellos eran lacios, blancos, y le llegaban a la cintura acariciando su vestido azul.
Se acercó con lentitud al Trono y las almas volvieron a abrir sus ojos, se incomodaron al ver semejante situación. Ahora bien, se encontraban solos bajo la fría noche, el Rey de la Sombra y la Luna.

— Cuénteme, mi Señor — reclamó ella con dulce voz, cuando pasó sus dedos helados sobre las lagrimas en el rostro del Rey.

— Fui engañado por la Estrella Del Medio… se robó mi corazón. Y estoy perdiendo voluntad… estoy cansado —.

La Luna sonrió con tristeza y le dijo: — subestimó a la Estrella, porque en el tiempo con usted, se llenó indirectamente de la esencia de una Sombra. La oscuridad fue más poderosa que la Luz de su interior y fue corrompida. Ella ahora es tiniebla, un enemigo. Volverá, y para ese entonces deberá estar preparado. Yo lo ayudaré, mi Señor, a que no lo vuelvan a lastimar jamás —.

— No sé si habrá tiempo para ese encuentro — contestó él con toda melancolía. — Estoy a unos pasos de demostrar el verdadero poder del Rey de la Sombra. Aquél Caballero Negro que vive dentro de mí, necesito Luz, no puedo verla. Soy sombra, espesa sombra, tenebrosidad… puedo tocar un aire denso de tonos oscuros, como si palpara agua —.

Ella habló: — puedo convertirlo en Luz si eso es lo que quiere, volverle a lo que fue antes, solo necesitamos más tiempo —.

El suelo retumbó, como si su Trono no hubiera querido que su amo aceptara, aquella Sombra que lo había atrapado haría todo por retenerlo.

— No lo sé, Luna. Pido Luz, pero… dejar la Sombra… no lo sé —.

— Puedo ayudarle, mi Señor. Déjeme atravesarlo —.

Entonces, el Rey de la Sombra extendió sus manos a la Luna y su Trono volvió a retumbar.

— No — dijo él — no puedo —.

— Puede hacerlo, Rey de la Sombra. Hijo de la Noche, así como usted me liberó de mi maldición, yo lo libraré de la suya. Sé que ya no quiere ser un Rey —.

La magia negra surgió. Aspectos fúnebres se levantaron de su descanso con toda furia y miraron a la Luna con desprecio.

— Debes irte — ordenó él. — Lejos —.

Luna, Luna plateada, reinará tu luz entre las noches, lograrás aquietar al Rey de la Sombra. Le devolverás la paz, iluminarás lo que parecía siempre oscuro.
Le otorgó un caballo blanco, había sido de él en momentos de gloria y dejó de cabalgarlo por la Luz que emanaba. La Luna, sollozando, lo montó. Pero el Caballero Negro nada pudo hacer para controlar el odio de las bestias que la siguieron para darle muerte.

La Luna, se alejó de las fronteras del Trono con una velocidad increíble. Tanto el caballo como ella desprendían una Luz única. Pero algo ocurrió, cayó en una emboscada de la Sombra; fuertes bestias, altas y robustas, de grandes cuernos y en sus ojos amarillos se desplegaba el terror. Abrieron sus alas y se irguieron hacia la víctima. Ella dejó a solas al caballo y comenzó la lucha. La Luna no había perdido su poderío tras el hechizo que la había atrapado en los cielos, y se mantenía firme en batalla. La Luz procedía por todo su porte, pero no fue suficiente. Los demonios aparecían por doquier, ella se movía con rapidez y elegancia, sus vestidos flameaban.

Terminó con muchos de ellos, pero ahora se encontraba cansada y deteriorada. Fue entonces, que a punto de sufrir un gran conjuro, una saeta silbó y traspasó el pecho de uno de los enemigos. La Luna la vio, a ella, alta y erguida. Era una ninfa. Con su arco y movimientos feroces parecía bailar. Fue una balada que terminó con los enemigos.

La Luna se acercó pidiéndole las gracias y ella contestó: — ¿Cómo es posible, Luna, que te hayas liberado del hechizo de los cielos? —.

— Mi Señor me liberó. El Rey de la Sombra —. La ninfa abrió sus ojos demostrando sorpresa. Dio la vuelta y vio al caballo blanco que ahora yacía muerto. Corrió hacia él y lloró.

— ¿Qué sucede? — preguntó la Luna.

— No lo entiendes, estuve más tiempo con “tu Señor”, antes de que se convirtiera en una Sombra, en el Fin de los Días. Es éste su caballo, Cinsél es su nombre. Debe apreciarte, por habértelo otorgado —.
La ninfa cubrió al animal con su magia y lo convirtió en docenas de palomas que se levantaron hacia los tenebrosos cielos.
Se volvió nuevamente a la Luna y le dijo: — Soy la princesa Sílis Dulcinea, hija de los Cerpentáres de Marín. He venido con una misión, y por verte, me desconciertas. Tendrás que salir de aquí —.

La Luna respondió: — Me dirijo al Templo de la Luz, allí me haré más fuerte, como debo ser. Volveré y convertiré al Caballero Negro en lo que fue antes —.

— Tu objetivo es similar al mío y tus palabras suenan envolventes, aunque sabemos cómo eres, amante de vampiros. No confío en ti ni en la Luz que te rodea. Pero te sigue el peligro, y el mundo ahora tiene un nuevo enemigo con la misma fuerza del Rey de la Sombra, o peor. Yo también he venido a llevármelo y sé que vendrá conmigo. Tu presencia despierta a las bestias. Vete a tu Templo, pero no vuelvas a buscarlo. Verás que tendrás noticias de la Luz y de tu Señor. Te lo prometo, en nombre de mi raza —.

— Eres no solo hermosa en presencia sino también en palabras, Sílis Dulcinea. Haré lo que me dices porque veo en ti, a través de tus ojos, la lealtad y la fidelidad de la Luz —.

Con un silbido, Sílis llamó a su tigre. — Se llama Fárius, descendiente de Fatos. Él te cuidará si tú lo cuidas, viajarás ligero, ahora vete al Templo de la Luz. Cúbrete entre los árboles, que no te vean las estrellas, dicen que son espías de la Estrella Del Medio —.


3 comentarios:

  1. "Luna, Luna plateada, reinará tu luz entre las noches, lograrás aquietar al Rey de la Sombra. Le devolverás la paz, iluminarás lo que parecía siempre oscuro".
    Tan hermosa frase...
    "pero lo iluminaras para que el siga siendo sombra y tu sigas siendo luz."
    Que bueno que volviste a publicar...

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  2. Que grosa Silis Dulcinea. Ojala publiques mas de ella y de Sarafilis de Drago.

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