martes, 13 de marzo de 2012

Mensajero en el Bosque

L
a noche era tormentosa, el cielo lloraba tenuemente, y en los suelos, una neblina se esparcía dejando un manto grisáceo. En el bosque, un hombre montado a caballo viajaba hacia el pueblo más cercano en busca de refugio, era un mensajero enviado desde una de las altas tierras: la ciudad de “Argón”.

Su caballo galopaba lentamente para no tropezar debido a la poca visibilidad que provocaba la neblina, fue entonces cuando el mensajero vio a una muchacha que se le acercó corriendo. Vestía unos atuendos largos y negros. El caballo relinchó demostrando desconfianza y se detuvo frente al individuo.

— Por favor — dijo, — ¿podría llevarme hasta el próximo pueblo? Tengo hambre y mucho frío. Es una suerte para mí haber encontrado alguien aquí, en éste espantoso bosque —. Las facciones de su rostro eran muy atractivas, pálida, de ojos y labios pintados de negros, un cabello lacio y extenso. Su cuerpo, aunque cubierto de sus vestiduras, podía notarse que había sido esculpido por el artista más prominente de la época. Definitivamente había nacido para seducir.

El hombre contestó: — ¿y qué haces en estos lugares tan sombríos? —.

— Estoy de viaje y me perdí, por favor, lléveme hasta el próximo pueblo —. Sus grandes ojos de color turquesa se clavaron fijos en él.

El mensajero miró el panorama de la noche y vio a la joven tiritando de frío; fue así que la dejó subir detrás y cabalgaron juntos bajo los destellos de los relámpagos.

— ¿A dónde se dirige, señor? — preguntó ella.

— A unos veinte kilómetros se encuentra el pueblo de “Orincál”, allí iré, y te dejaré —.

— ¿Es usted un mensajero, verdad? —.

El hombre giró su cabeza, los ojos de la bella dama nuevamente se hundían en él. Volvió a mirar hacia delante y habló. — Señorita, ¿qué le hace pensar que soy un mensajero? —.

— Es muy simple, lleva tatuado una paloma en su cuello. Ese es el emblema de mensajeros —.

— Muy observadora usted — respondió él y se levantó el cuello de la vestidura —.

Ella rió débilmente — además, viste como tal. Ha de ser usted de la ciudad de Argón, ¿es así? —.

Pero ésta vez no contestó. — ¿Y por qué un mensajero de una ciudad tan grande se dirige a un pueblo tan pequeño? —.

— Señorita, mis asuntos no le incumben, recuerde que solo le estoy alcanzando a Orincál, nada más —.

El silencio los cubrió. Siguieron el sendero un largo rato hasta que el hombre se detuvo. — ¿Qué sucede? — preguntó ella.

— No recuerdo que el camino se curve en ésta parte —. Se quedó mirando al frente hasta que dijo. — Quizás sea mi cansancio. Estaba seguro que éste atajo seguía recto —.

La lluvia se desató más fuerte y el sonido de los truenos retumbaba el bosque. El camino se alzaba como una gran montaña, y al cabo de unos metros llegaron a la cima. Vieron que el sendero ahora bajaba hacia un cementerio. — ¿Pero qué significa esto? Mi camino no conducía a éste terreno. Algo está sucediendo —.

— Es notable que hace tiempo no ha pasado por éstas tierras, señor. Éste sendero conduce al pueblo por medio de la Necrópolis desde hace años —.

— ¿A si? ¿Y a quién se le ocurrió semejante barbaridad? Para llegar a Orincál, cruzar el cementerio — dijo el mensajero con voz burlona.

  Usted eligió éste trayecto. Hay otros métodos para llegar y no precisamente a través del cementerio —.

Él la miró con suspicacia. — Pensé que estaba usted perdida —.

A través de la neblina, la lluvia y los relámpagos, cruzaban los tétricos mausoleos. El mensajero alcanza a ver una tumba y la fecha indicaba que el cadáver era el de un niño de nueve años. Se entristeció, había perdido a su hijo con la misma edad. El hombre detuvo su caballo, cuando volteó, la joven había desaparecido, miró hacia todos lados, no lo entendía. — ¡Señorita… señorita! — gritaba, pero no hubo respuesta. Sintió un extraño ruido a su espalda, giró con su animal y vio un inmenso árbol al que le corrían cataratas de sangre en la corteza. — ¡Que la Luz me ilumine! — gritó el mensajero y galopó velozmente senda arriba.

Su caballo corría y corría sin cesar, parecía que nunca salía de ese espantoso cementerio. El hombre sintió que lo seguía alguna clase de presencia, viró su rostro y vio un manto de auras fantasmales que comenzaron a gritarle. La desesperación y el susto del mensajero eran ahora incontrolables. De repente, esos espectros volaban a su lado y lo observaban con rostros horrendos.

Luego se esfumaron, y su caballo se detuvo. — ¡¿Qué ocurre, avanza, no te detengas?! — le ordenaba.  La lluvia concluyó, parecía estar todo calmo ahora, buscaba algún sendero, pero solo se encontraba con las criptas.

Nuevamente sintió una presencia a su espalda… con miedo y lentitud, el hombre giró y vio a la joven montada a su caballo. El mensajero gritó y del susto cayó. Cuando ella bajó, el animal se desplomó muerto.

La encapuchada se le acercó, se movía con un aspecto perverso hasta llegar a él.

— Dame el pergamino —  decretó.

— ¿Qué? ¿Qué… pergamino? — preguntó. Ella solo se quedaba allí a su lado, erguida, estática, con aire malicioso. — ¿Quién eres? —.

— La jueza de tu vida —. De un rápido manotazo clavó sus uñas en los riñones del mensajero, éste se desplomó y le arrancó del cinturón el documento.

— ¡No, no… devuélvemelo! —. La joven se alejó unos pasos susurrando extrañas palabras y el pergamino se desgranó como polvo. El hombre quedó atónito, y tartamudeando dijo: — e… eres… eres tú, es, es cierto… vives. La… la Dueña de la Sombra — afirmó el mensajero con angustia; y ella se sonrió con soberbia, dio media vuelta y caminó. Al mismo tiempo las auras fantasmales volvieron a aparecer y atraparon al hombre, éste gritó de dolor hasta que su aliento culminó.




4 comentarios:

  1. La noche, la tormenta, la neblina, el bosque, el cementerio... me encanto el escenario de historia y la descripción de esta mujer misteriosa.
    Excelente relato, muy oscuro

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    1. La mujer misteriosa es la Estrella Del Medio, que se volvió sombra y enemiga. Saludos!

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  2. No quiero hacer spoiler pero estaria bueno que hubieras puesto que la Dueña de la Sombra es la Estrella Del Medio. Excelente historia amigo!

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