lunes, 30 de abril de 2012

Segunda Sesión

N
o conocía el estar asustado, no como hoy. Si esto es el miedo no se lo deseo a nadie. Fijé mi vista en los rincones ¿Acaso era posible que me estuviera rondando? Quizás es la sugestión, pero siento presión frente a las puertas de mis pensamientos. Tomé un vaso lleno con agua, mis manos temblaban; estaba paranoico, pero sé que no estoy solo en mi habitación.

Lo que empezó como un símbolo de entretenimiento se ha convertido en obsesión. Sin embargo el miedo no me impide abandonar. De hecho, quiero saber más. Que locura, una atrocidad, estar conversando con una energía o presencia, de hecho no lo puedo describir, no sé qué es, no hay demasiada explicación. Este misterio lo hace envolvente, adulador. Soy masoquista.

Me narra historias resplandecientes, pensamientos oscuros, enemigos ocultos… disfraza las palabras en un sentido excepcional, casi incomprensible. Difícil imaginarse cómo había sido en vida, no me habla aún de ello. Se la nota, en parte, odiosa y resentida. Evidentemente es una energía macabra. Demonio que se halla alerta esperando atacar, dulce criatura de algún tiempo maligno que fue corrompida y logró la existencia en lo prohibido. Hermosa quizás, poéticamente macabra y colmada de elegancia. Suspiro de sensaciones terribles; relojes que se detienen, iglesias que cayeron bajo la palabra de los sacerdotes corruptos… un desfile extremista de lo inexplorado. Así son los mensajes que me transmite. ¿Acaso había sido una doncella o una arpía?

Un frío impulsivo se clava en mi cuerpo como alfileres, tras la caída de la luna ella considera la mañana mucho peor y la abrigan los duendes más peligrosos. Llamarada ardiente de calderas donde inhuman a los sucios. “Bicho… bicho putrefacto”; maldice ahora constantemente.

Es difícil seguirla, sus frases parecen no tener sentido; pero posiblemente es su idioma. Le pregunto cómo es su lugar.

— Bosque sin árboles, nocturno. Las nubes rojizas corren ligeramente en el cielo. Debajo de la tierra hay castillos enterrados, se dice que el Espanto con su dedo los hundió. El aire es helado y proviene de los grandes monumentos, el olor emana desde las flores de los mausoleos. Odio a los hombres que visten de blanco y flotan, siempre caminan con los brazos de manera horizontal, como queriendo atraparme. ¿Por qué no cierran su boca? Siempre la tienen abierta, les gusta comerse a los niños que nacen discapacitados, yo los he visto. Estoy sentada sobre un círculo rojo alrededor de la hierba azulada, aquí puedo hablar contigo… mientras Ellos no me vean.

Sentí un portazo que provino del baño. Me inundé de terror, consideraba el baño el lugar más seguro de mi casa, ya no lo es. Debió haber sido el viento me dije.

Están por todas partes. Vagan, pero no en vano. Sus ojos son muy grandes y pueden ver a largas distancias. He visto sus ataúdes que flotan y viajan en diferentes direcciones. Brillo helado que se aferra a mis noches, resurrección de una mezcla horrible del odio y el deseo intenso de lo irreal. Canto melódico de voces fúnebres; cuentan que una vez la Lágrima ahogó a la Sonrisa. La cubrieron en un manto de cristal negro y bajo la nieve, Ellos, la trasladaron a la montaña más alta. Allí quedó la Sonrisa… enterrada en el pozo de las víboras, por ello aquí nadie ríe.

Fue lo último que me dijo.



El Hijo de la Noche


A
ntes fui una persona, pero el Destino manipuló al Amor y los sentimientos me llevaron a convertirme en un Caballero Negro, en un Rey de la Sombra. Juego de Noche, aquí no existe el día. Y estoy sentado en mi Trono Oscuro. Pienso, analizo, observo, escucho. En mi mente juego conmigo.

Analizo lo que pienso,
Mis pupilas ven lo que tú no puedes ver,
Mis oídos escuchan lo que no se dice.
Pienso, analizo, observo, escucho.
Juego con mi mente, conmigo.
Pienso, analizo, observo, escucho… juego.
En bajar los brazos, en luchar.
En quedarme, en irme.
En amar, en odiar.
En entrar, en salir.

Y en una noche, muy oscura, donde la Luna se deleitaba con su luz tenue, una estrella apareció.

     ¿Qué haces? — preguntó.

     Juego —.

     ¿A qué juegas? —.

     Juego con las palabras —.

     ¿Con qué objetivo? —.

     ¿Por qué habría de tener un objetivo? —.

     ¿Por qué respondes con una pregunta? —.

     Porque juego con las palabras — contesté y ella enmudeció.

A partir de esa noche la estrella asomaba a menudo con sus mismas preguntas y siempre llegando a lo mismo.

Pienso, analizo, observo, escucho. Las noches son eternas y sentando en mi Trono Oscuro contemplo mi juego, tan solitario, tan orgulloso, tan soberbio. Otra estrella apareció.

     ¿Otra estrella? — pregunté y sentí temor o tal vez valor.

     ¿Qué haces? — preguntó.

     Juego —.

     ¿A qué juegas? —.

     Juego con las palabras —.

     ¿Con qué objetivo? —.

     ¿Por qué habría de tener un objetivo? —.

     ¿Por qué respondes con una pregunta? —.

     Porque juego con las palabras — contesté y ella enmudeció.

Y desde esa noche ambas estrellas aparecían con sus preguntas y siempre se llegaba a lo mismo, al silencio.

En mis años de Caballero Negro, anhelé mis noches, mi juego. Pero las estrellas brillaron ligeramente, fue que su luz turbó mis pensamientos y me incomodé; ni la Luna con todo su poderío de luminosidad me había perturbado una vez. Estaban irrumpiendo mi oscura y pesada neblina.

     ¡Soy el Hijo de la Noche! — grité con autoridad observándolas y ellas callaron su brillo entendiendo de mi juego solitario.

Ahora bien, ambas estrellas permanecieron por siempre en las noches, pero nunca más brillaron, no lanzaron su luz, ni tampoco molestaron.

Pienso, analizo, observo, escucho.
Sigo con mi juego.
En vivir, en morir.
En ganar, en perder.
En sanar, en enfermar.
En levantarme, en caer.
Juego conmigo mismo.

Envuelto en mi oscuridad tenebrosa y fría, otra estrella apareció en medio de las otras. Quedé mirándola, parecía diferente.

     ¿Qué haces? — preguntó.

     Juego —.

     ¿A qué juegas? —.

     Juego con las palabras —.

     ¿Con qué objetivo? —.

     ¿Por qué habría de tener un objetivo? —.

     Porque todo juego tiene un objetivo — contestó ella.


Entonces quedé fascinado, era distinta. Así conocí a la Estrella Del Medio. Mis pupilas captaron su belleza, mis oídos el sonido de su interna melodía, mi mente su esencia y mi corazón…

     Tu corazón — interrumpió ella.

     Un Caballero Negro con un corazón ¿qué clase de Caballero Negro? — volvió a decir.

Semanas, Meses, Años. Y ella acompañaba mi soledad narrándome historias inexistentes, relatos de odio y amor, de muertos y vivos, de batallas ganadas, de magia y ciencia. En todos esos momentos, las demás estrellas, sus compañeras solo miraban…

     No son mis compañeras — dijo.

     ¿Por qué? —.

     Porque no soy como ellas. No soy cualquier estrella, soy única, soy “Estrella” — y en ese entonces comprendí su ego.

Pienso, analizo, observo, escucho.
Sigo con mi juego.
En empezar, terminar.
En hablar, callar.
En reír, llorar.
Solo pienso, analizo, observo, escucho.
Solo juego conmigo mismo.

En otra noche de invierno, cuando me cubría con mi largo y pesado crespón, la Estrella dirigió su palabra.

     ¿Cuándo podré jugar contigo? —.

     Solo juego conmigo mismo —.

     ¿Y cuando podrás jugar tú conmigo? — preguntó y capté un interés nunca antes revelado.

     Entonces tú juegas ¿a qué juegas? — cuestioné.

     Solo juego —.

     ¿Con qué objetivo? —.

     ¿Por qué habría de tener un objetivo? — preguntó ella de la misma manera en que yo una vez la indagué.

     Porque todo juego tiene un objetivo, Estrella — contesté como una vez ella me respondió. Y ambos comprendimos que nos habíamos conocido.

Pienso, analizo, observo, escucho.
Sigo con mi juego.
En construir, destruir.
En despertar, dormir.
En dar vida, matar.

Cuatro inviernos después de conocer a la Estrella Del Medio, en un toque mágico del tiempo, decidí que jugáramos juntos. Ella se adentró en mi mente y descubrió el por qué de mi oscuridad. De una anterior guerra, de una victoria en vano, de un regreso traicionero, y un sufrimiento horrible. Mientras que en su mente descubrí su entera belleza, su fragilidad, su pureza y vi el objetivo de su juego. Desde su aparición quería quitarme el título de Caballero Negro, pero no para ella sino… para nadie. Sacarme de las sombras, cambiarme, regenerarme, convertir oscuridad en luminosidad.

Y me molesté, soy un Caballero Negro sentado sobre mi Trono Oscuro, contemplando mi juego. Así me convirtieron, me acostumbré y nada me haría cambiar, solo mi voluntad. Entonces el juego dio su fin.

     Noche sin sueño, no existe el día. El Hijo de la Noche — dijo la Estrella comprendiendo mi desagrado y sabiendo lo que había descubierto.

Tal vez las estrellas anteriores tenían el mismo objetivo pero nunca pudieron llegar, habían fracasado. Pero ella lo había logrado y debería frenarla.

La noche siguiente fue terrible y espantosa. Por primera vez en tantos años me levanté de mi Trono. Allí estaba yo, tan alto, orgulloso, odioso, soberbio.

Bajé por las anchas escaleras hasta la tierra y mis pasos sonaban como truenos. El ambiente temía, la Luna se disipó y una tormenta desató su furia.

     ¡Baja del cielo, Estrella! — ordené, y a través de las nubes aparecieron las dos estrellas anteriores.

Resplandecieron y rápidamente se alejaron como para no ser testigos de la lucha. En ese entonces la Estrella Del Medio resplandeció como nunca sabiendo de mi odio. Aunque su luz me incomodó, pude ver cómo cayó a metros de distancia enfrente de mí. Tomó forma de una joven, un vestido blanco la cubría sobresaliendo de la oscuridad. Era épicamente hermosa, celestial de rostro, perspicaz en mirada, penetrante y con un toque de aire violento. Aunque prometía un alto poder, no hice un paso hacia atrás.

     Solo quise liberarte, sacarte de la Sombra — me contestó con dulce voz.

     Aún no es mi momento — respondí y mi crespón flameó como si tuviera vida propia.

Levanté mi brazo derecho y conjuré melodías de sufrimiento. Ella alzó sus manos y entonó una canción de batallas anteriormente ganadas. La tierra tembló, el cielo desató sus relámpagos y empujó la lluvia con fuerza. El resultado de mis noches solitarias lanzó su máximo poder hacia la Estrella que no daba tiempo a defenderse, sus gritos de desesperación y agonía rompían mis oídos; me abalancé y mi corona pesada como un yunque cayó. Ella retrucó con luces resplandecientes que salieron de sus manos e impactaron sobre mi pecho; decidí responder con palabras hirientes que provocaban relámpagos sobre su mente. Mis conjuros se basaban en muertes dolorosas, juegos de palabras, almas en pena, guerras interminables y llantos inconsolables. Ella respondía con cantos de caminos errados, conclusiones erróneas, hipocresías, mentiras y amores que nunca pudieron ser.

La batalla duró diez meses, fueron noches de dolor y sufrimiento, hasta que ella se desplomó rendida sobre una grieta. Su vestido ya no iluminaba por su deterioro, y entonces, colocándome nuevamente la corona negra, me acerqué con cansancio. Ella susurraba un canto de curación.

     Espero hayas comprendido — le dije.

     Un Caballero Negro con un corazón oscuro… el Hijo de la Noche — contestó la Estrella.

Pienso, analizo, observo, escucho. Juego de noche, siempre de noche, aquí no existe el día. 

No soporté su derrota. La oscuridad comenzaba a saturarme y mis lágrimas me ahogaban. Estaba triste, ya no era lo mismo. Entonces, después de un largo y horripilante tiempo, invoqué a la Estrella Del Medio y a través de mis palabras de calamidad ella apareció nuevamente entre las otras. Alabé tanto ese momento, un Caballero Negro sentado en su Trono Oscuro reclamando la luz de una Estrella.

     Mi negro corazón necesita de tu corazón — dije.

     Ahora vuelves a mí, después de lo que me hiciste — contestó ella. — El Hijo de la Noche queriendo la Luz — volvió a decir y entendí mi contrariedad.

Ella ya no podía corresponderme después de haberla lastimado, sin embargo, con un nuevo juego y un nuevo objetivo ella aceptaría mi corazón pero nunca tendría el suyo. Abrí mi pecho y se lo entregué, triste, oscuro, frágil y quebrado.

     Tómalo, si he de ser un Caballero Negro, Rey de la Sombra, no lo merezco —.

     Aceptaré tu propuesta, pero no lo tendré para siempre. Convertiré tu corazón en luz y regeneración… cuando esté listo regresaré… y lo devolveré —.

     Entonces será como que me diste tu corazón, porque el mío junto al tuyo se llenará de tu esencia — dije con firmeza.

     Mientras tanto sufrirás y lamentarás no haber seguido mi anterior juego, Caballero Negro. Porque serás ahora sin él serás un verdadero Hijo de la Noche, y estarás condenado a llorar por tu decisión, por tu corazón y por tu Estrella —.

Envuelto en lágrimas abrí mis manos y dejé que su luz lo envolviera y se lo llevara.

     Emprende tu viaje y verás que arrasante mi sangre correrá por tus venas —.

Ella relució como nunca antes, tanto, que las demás estrellas se manifestaron celosas y envidiosas. Desaparecieron en el oscuro cielo sabiendo que era totalmente en vano seguir observando. Y la Estrella Del Medio dejó caer una lágrima en mi rostro, cerré mis ojos y cuando volví a abrirlos, ella había partido.

Pienso, analizo, observo, escucho. Soy un Caballero Negro sentado sobre mi Trono Oscuro. Juego de noche, siempre de noche, aquí no existe el día. Y espero la llegada de mi Estrella con un nuevo corazón, con un nuevo juego, con un nuevo objetivo.


Sufre y seguirá sufriendo hasta que llegue su Estrella.



Pues bien, tú, cuando por las noches mires el cielo y veas a la Estrella Del Medio, pídele que se apure, porque el Hijo de la Noche está muriendo.

 *   *   *




viernes, 13 de abril de 2012

El encuentro cara a cara con el Destino


I
nsistía con esa afirmación de que había nacido para algo sumamente importante, pero hasta ese instante, correspondía pagar con las personas a quien amara. Estaba seguro que el Destino lo controlaba. Al aire le conversaba, no lo podía ver, ni escuchar. Pero Él le contestaba con hechos…
Traicionero y eterno deseo de tenerlo allí para verle la cara… quería mirar al desgraciado quien le quitaba todo en cuanto amaba; su codicia por destruirlo era escalofriante.
Habitación oscura, helada aún en el estío. Todo estaba calmo aquí, ni el Silencio golpeaba la puerta.
Pero esperaba la oportunidad de verlo, por más sosiego contexto se sentía irritable. Ya los sentimientos no los podía detener del todo, de hecho… podrían contarse los minutos que le quedaban de control.
Era más que trillado… su mirada ya había cambiado, su manera de hablar, su forma de ser. Perdió una vida… Vampiro. “Tienes tratos diarios con el Diablo y finges que te asusta un ratón”. Hipócrita… no le tengas miedo a la oscuridad. ¡No te tapes la nariz, infeliz! Es el aroma de aquellas flores que colocaste en las lápidas de tus amadas; el Destino lo sabe. Todos sabemos que tienes un cementerio de mujeres debajo de tus pies.
Nosotros lo vamos a traer, si, a Él. ¿Acaso nos buscabas también? ¿No te parecía extraño que aún no hubiéramos intervenido? Ha llegado el momento… pocos sobreviven después de haber platicado con el Destino. ¿O piensas que eres el único en el mundo que desea tal desventura?
Hemos visto a los ángeles caer sobre sus pies. Serás distinto y especial en estas tierras… pero en dónde Él se encuentra, todos son iguales.
— No tengo nada para decirles — contestó.
¿Con nube imperturbable nos quieres cubrir? ¿Piensas que estás tratando con uno de tus amiguitos? ¿O con una de ellas?… perdón… con “ella”.
Te quedaste de brazos cruzados y la dejaste ir, y no solo eso, ahora no hablas de amor. Miénteles a todos estos humanos imbéciles, a nosotros no.
Te lo advertimos, dulce personita, sería tu fin… venir a ésta ciudad y confiando en su corazón. Necio.

Levantó la almohada de su cama y agarró el arma. En ese instante se asomaron, apenas…  y con rostros oscuros, demostrando asombro o tal vez acierto. Callaron.
— Es la solución que me propone —.
Insolente… no estás al tanto de nada, por suerte te falta poco para saberlo todo.
Lo observaban, suspiraban.
Levanta ese revolver, apóyalo en tu cabeza, muy cerca de tu masa de nervios el cual le llaman cerebro… y únete a nosotros… de una maldita vez por todas.
Miró hacia la ventana, definitivamente había perdido todo tipo de registro.
Levanta… muy lentamente… el revolver… y deja de sufrir. Te conseguiremos rosas negras, a ti que tanto te gustan.
Como si hubiera dormido una eternidad, abrió sus ojos. Le habían señalado el camino… todo era oscuro, gigantesco y apagado. El silencio era ahora espantoso, veía aureolas de blanco muy pálido, repartidas por diversos rincones.
Caminó… y caminó, no existía espacio ni tiempo. Tenebrosa apariencia de lo desconocido.
¿Sueño lúcido? ¿Has leído sobre ese tema? No pienses aquí… nada es lo que parece. Por más que vistas como un rey, sabes que vienes del fango. ¡Púdrete en él!
Varias voces unidas a un solo individuo, pero no eran las de antes. Ahora bien, sobre cada círculo pálido avistó las formas del espanto, violencia, odio, desesperación, hambre y guerra.
¿Crees que te has vuelto un mártir por entrar a mis dominios? Observa…
En uno de los redondeles se hallaba una niña. Vestida con un conjuntito jardinero de color negro. Una luna la vigilaba, un lobo le caminaba a su alrededor, en una mano portaba un Sol, en la otra una daga. Era rubia de cabellos largos y se coronaba con un árbol de plata. Y en sus pies corría el río de la felicidad.
Su rostro luminoso desprendía el canto más dulce de las hadas. Las pupilas de sus ojos eran de diamante. Las alas de los halcones formaban sus cejas, y en su sonrisa llevaba el poder de detener la guerra y curar a los enfermos.
Hermosa, codiciosa, salvaje, brillante. Se dice que en la silenciosa llegada de los barcos enemigos, ella convirtió las costas en aguas negras y los hundió.
Él se acercó, muy despacio, con un pequeño gesto de dulzura en su rostro. Pero cuando lo vio, demostró tristeza y lloró.
Es tu hija…
De repente la niña se desvaneció en una explosión de pétalos de cariño.
En un futuro podrías haberla visto más tiempo, sino hubieras entrado aquí.
La locura lo gobernó, lo arrastró en ira y terrorismo. — ¡¿Por qué?! —.
Insultó a aquella voz que se escondía por doquier. — ¡¡¡No me lo dijiste!!! —.
Sufría a tal punto que se arañaba el cuerpo, su decepción fue tal, que arrancó su corazón, lo pisoteó y luego se lo comió.
¡Pero no puedes encontrar tu alma!
— ¡Te condeno, demonio… a que sufras y odies diez vidas más que yo! —.
Un estruendo hizo temblar su mente. Había llegado el momento que tanto esperaba.
El suelo negro se levantó a lo alto, los pilares formaron un extraordinario castillo. Arrodillado ante el Destino lloró, bajo la lluvia y las luces de los relámpagos.
Fue casi eterno. La misma posición del llanto, la tragedia de su ser.
Cuando la lluvia se detuvo, el Destino apoyó su mano en la espalda y le hizo crecer alas.
Mira al frente, el abismo está a tus pies, y recuerda que no podemos cambiar lo que se escribe. Aún las personas no saben lo que tengo preparado. Solo ahora te ofrezco paz eterna.
Extendió sus alas produciendo un viento que desparramó el polvo de los cadáveres. Dio un paso hacia delante y rápidamente flotó. Se elevó más alto que las torres del castillo y en ese instante desenvainó la espada de la desolación, aquella que había forjado con sus lágrimas durante el  largo llanto.
Con ligereza, voló hacia el Destino cubierto con la ira de los relámpagos y se la clavó en la frente. No fue el filo que lo lastimó, sino el poder de la tristeza. Ambos cayeron sobre las piedras y docenas de sombras aparecieron de la nada, eran esos seres que siempre le hablaban, vestían con mantos negros y portaban hachas de largos mangos.
— ¡Lo maté, lo maté! — gritaba.
Arrancó sus alas, demostrando que no quería nada de Él. Y cuando esas cosas se le acercaban para castigarlo, se tiró nuevamente al abismo clavando la espada en su estómago.
Al instante despertó, se había quedado dormido sobre los documentos y las carpetas.
— Creo que encontré la manera — dijo. — ¿Acaso soy un dios si maté al Destino? —.



Las Cinco Lágrimas


N
ada de lo que se conoció en un principio fue olvidado; esa mañana despertó con aquellas tres piedras rojas que prometió cuidar, esas que en su interior reflejaban el inicio de la pasión.

Su nariz se posaba en la almohada, juraba haber dormido envuelto en el perfume de su piel, sin embargo cuando abrió sus ojos vio la realidad. Estaba solo, desprotegido, abandonado… así derramó la primera lágrima del día…
 
 
“Las Cinco Lágrimas”
Se piensa que cuando ocurre un daño, debe ser superado para seguir adelante, y luego enfrentar las mareas que siguen. Tal no era el caso; y mucho menos en aquella jornada donde se cumplían dos años de haberla conocido. No obstante en aquellas noches iniciales de duelo había confeccionado su disfraz, hecho de sonrisas y miradas amistosas. Y a través de él cruzaba la rutina. Altivo, poderoso, autoritario, inteligente, ímpetu y ambición de progresar hora tras hora… visión y alcance. Se había comprometido a construir el Imperio.
“Ironía”… hasta sus ojos engañaban… “dulce tragedia”… porque por dentro se hallaba todo lo contrario a lo que demostraba; como un niño desamparado que busca a su madre. Un corazón que marchaba lento cuando golpeaban los recuerdos, y acelerado en momentos de querer encontrar alguna explicación.
Caminó por la gran ciudad hasta su trabajo, podía ver en cámara lenta a la multitud siguiendo su rumbo, pero su reloj mostraba que los segundos pasaban más rápido de lo normal. Nuevamente afirmó que no tenía el mismo tiempo que los demás, sonrió, no hacía falta que el Destino se lo señalara… era inevitable.
Aunque apurado estaba, en unas cuadras sus piernas se detuvieron. Que más da llegar unos minutos tarde a la oficina, podría estar contemplando horas aquel restaurante donde cenaron por primera vez juntos. Fue su segunda lágrima en ese momento.
Durante todo el día se encerraba entre diversas paredes de oficina; se desenvolvía en reuniones y estudios, manifestaba mantener la mente ocupada. Pero ese día se había programado para sacarle el mayor provecho a su disfraz, porque su alma se dedicaba a buscar cualquier consuelo aunque absurdo fuera, y le dictaba:
“Es posible detener la pérdida de quien realmente queremos, basta con encontrar aquella falla en el sistema… hay algo que todavía no evolucionó y debería haber ocurrido. Si nosotros creamos a los dioses ¿por qué no podemos ser uno de ellos?”
Y él seguía con su elegante discurso a los clientes, dando a conocer un producto de la compañía. Su voz interior seguía. “Hay algo que está mal”.
Así, terminó su labor en esa sala. Con sonrisas despidió a los presentes. Se dirigió al baño, como espantado por una situación y se miró al espejo. “No te conformas solo con haber cambiado”.
Mojó su rostro con agua, se sentía un vanidoso del progreso, sus clientes habían quedado muy conformes y aceptarían la propuesta. Agarró papel. ¿Para qué secarse ahora? Si sabía que la próxima lágrima se asomaría. Cayó en su mano; significaba su orgullo y la mezcla de no poder compartirlo con ella.
Luego se sentó en su escritorio. Hurgó papeles, algunos eran laborales, otros eran los de su proyecto… extraño, porque no coincidía en nada de lo que él se dedicaba. Se encontraba nervioso, hasta a veces temblaba, sus ojos estudiaban cada frase de las hojas, se hundía en un mundo poco usual en los días de hoy… diarios y revistas también cubrían parte de su cubil; y todas indicaban un solo tema: “envejecimiento celular”.
Así pasó el día… tan joven de apariencia pero envejecido en mente, planificaba lo que aún no se había podido obtener. Juego de palabras y fantasías que él podía llegar a hacer realidad, límites que lograban romperse, sistemas que podían cambiarse y regenerarse… “Fran Dylan”… dentro de esas cuatro paredes había dejado de ser un diamante en bruto; llegaría ese momento de gritarle al mundo con toda soberbia que era mucho más eficaz que el mismísimo Señor Todopoderoso, creador de la vida. “A mi me podrán ver día a día… a ÉL no”.
Y cuando cumplió con su horario, acomodó unos documentos y entre ellos encontró fotos de ella… la acarició, le habló del Imperio que le construiría, de su voluntad para no caer nuevamente en la depresión, le prometió no rendirse… hasta el último suspiro, y la mirada final, donde viera ese gran baluarte construido… solo ese día, cuando todo estuviera completo, él podría partir en paz. “Tantas noches juntos y me olvidé de decirte que sin ti me moriría”. Así se desprendió la cuarta lágrima.
 
 

Noche_

Había salido a cenar con sus amigos… “los Nuevos”, se decía. No podía reemplazar a aquellos de toda la vida, quienes habían quedado en su pueblo… pero había logrado asimilar su posición y se mostraba verdaderamente social.
Se divertía, reía, hablaba, contaba historias, escuchaba anécdotas. Pero de repente tuvo un desliz de rápidos recuerdos…
Tomó unas copas de buen vino, de esa bodega que “ella” le había hecho conocer.
Y cuando terminó de comer acomodó los cubiertos de manera formal, como “ella” se lo había enseñado… “pensar que nunca le hice caso a ese protocolo… no solo significaba buena educación, era más”.
Y miró el tenedor, recordó que había traído uno de su pueblo que usaba desde niño. Se lo había olvidado en la casa de “ella”.
Empeoró el momento de la nada, una cosa llevaba a la otra… cuando las voces de “ella” se clavaron una a una de manera demoledora, como puñales en todas partes de su cuerpo. Un “te quiero Fran”… “no imagino la vida sin ti”, “te voy a cuidar siempre”, “nunca te voy a abandonar”. Cuando se le acercaba al oído vestida de gris y le susurraba con miedo: “te amo”.
Pero seguía sonriente y su alma le volvió a hablar. “¿Por qué no estás aquí, compartiendo con mi gente?”.
Más tarde, en su casa… seguía con sus inauditas investigaciones. No paraba ni un minuto, se mantenía ocupado desde que despertaba hasta que el sueño lo vencía, y ya no era como antes, dormía apenas tres o cuatro horas. “Debería encontrar también la manera para que la gente no duerma… dormir es perder el tiempo”.
Miró hacia la ventana, estaba nublado y tormentoso; se exaltó y salió al balcón. Fran adoraba esos climas junto a ella, sobre todo cuando pasaba un martes, el cual dormían siempre juntos… y esa misma noche era martes. Le pidió por favor al Destino que no le regalara lluvia, no sin ella… cualquier día de la semana, pero nunca más éste. No obstante los relámpagos iluminaban su rostro. “No, no lo hagas”.
Hasta que el cansancio golpeó sus puertas, luchó unos instantes más, pero no pudo. Y en vez de dormir, decidió otra cosa…
Salió de su piso y subió las escaleras hasta la alta terraza; allí, como por arte de magia, la tormenta había cedido. “Gracias, Destino”. Se paró sobre la cornisa, allí al borde del peligro y la locura… un paso atrás era la vida, y uno adelante la muerte. El viento acariciaba su rostro. “No puedo soportar el sufrimiento, y aunque me digan que me entienden, no saben lo que hoy cargo por dentro”.
¿Por qué pasan las cosas que pasan?
Dejó caer la quinta lágrima al vacío. “Todavía no me animo a explicarle a mi corazón que la perdí… de hecho, creo que nunca voy a hacerlo… por respeto”.
Hizo un paso hacia atrás; “el dolor golpea mi ser y mi presencia, pero no va a llevarme, no ahora… hay mucho por hacer en tan poco tiempo”. Sacó las tres piedras rojas de su bolsillo, y nuevamente miró hacia el abismo. Solo él y nada más que él sabe por qué lo hizo… pero con todas sus fuerzas las lanzó… y vio cómo brillaban bajo la luz de la Luna hasta que desaparecieron en lo profundo de la noche.